Diario de un médico que ya está de vuelta de todo

«He visto y he estado en la URSS y, ya de vuelta, que me ha costado media vida, creo que me dejaran decir, unos y otros, los comunistas y los anticomunistas, algo de lo que me ha hecho doler los huesos» [1]

Luiza Iordache Cârstea, "Cartas desde el Gulag. Julián Fuster Ribó, un español en la Unión Soviética de Stalin".

         Hace unos años Luiza Iordache comenzó sus investigaciones sobre la situación de los pilotos, marinos y otros expatriados republicanos españoles que tras la Guerra Civil se encontraban en la URSS y sobre el papel que jugó el Partido Comunista español con despachos en Moscú, liderado por Vicente Uribe y Dolores Ibárruri, en los destinos de quienes solicitaron abandonar el “paraíso comunista”. Quién iba a decir que dicha investigación la iba a llevar a descubrir la historia de un cirujano condenado a veinticinco años de confinamiento, de los cuales cumplió siete, en uno de los campos de trabajos forzados siberianos. Este médico fue uno de los muchos españoles exiliados en la URSS tras la Guerra Civil que acabaron en el Gulag por su oposición al régimen soviético y sus críticas a los dirigentes del PCE. Como descubrió Luiza Iordache entre todos estos españoles no solo había militares. Entre los civiles, dos compañeros de juventud que habían luchado juntos en la Guerra Civil española en el bando republicano, uno ingeniero, el otro cirujano, y cuyos aciagos destinos en la Unión Soviética los marcarían de por vida. Ambos fueron detenidos en 1948 por estar implicados en el intento de fuga en baúles de sus amigos Tuñón y Cepeda y condenados por espionaje y participar en actividades antisoviéticas. El ingeniero era Francisco Ramos Molins, que llegó a ser diputado por la provincia de Barcelona por la coalición entre la Federación Catalana del PSOE y el Partit Socialista de Catalunya. El cirujano era el doctor Julián Fuster Ribó y su historia es la menos conocida, aunque figure tristemente en las páginas de uno de los testimonios más vividos y terroríficos de la vida en los campos de trabajos de forzados de la URSS.

El doctor Julián Fuster Ribó, URSS, 1956 (archivo personal).

           Alexander Soljenitsi, Premio Nobel de Literatura, escribió en el exilio Archipiélago Gulag, el descarnado testimonio personal de su paso por uno de los campos de concentración, que como una metástasis se extendieron por las estepas siberianas de la madre patria Rusia, que desveló el rostro más terrorífico y desconocido, ocultado durante décadas tras el Telón de Acero, por el régimen del
Partido Comunista de la URSS encarnado en la persona del padre de la patria, Iósif Stalin. La construcción del paraíso obrero soñado por los bolcheviques tras el triunfo de la revolución de 1917 desembocó en las purgas políticas que colocaron al sátrapa rojo al frente de un país de más de doscientos millones de personas. Un régimen totalitario, perfectamente planificado en cada uno de sus oscuros y fríos pasillos de la muerte, que exigía a todo ciudadano acatar, estuviesen o no de acuerdo, las directrices políticas dictadas por el Buró Político del Partido Comunista y demostrar su absoluta obediencia en aras del cumplimiento de los planes quinquenales que colectivizaron la producción del país. El fin justifica los medios, la propiedad privada tenía que ser abolida, y para ello había que acabar con cualquier sentimiento surgido del individuo que no estuviese orientado al bien común, lo que pasaba, inexorablemente, por servir a los intereses de los ideólogos de la revolución bolchevique.
Entre los innumerables testimonios que recoge Alexander Soljenitsi en su libro Archipiélago Gulag [2], hay uno que habla del incorregible y obstinado cirujano español que solía acabar en el calabozo por decir siempre lo que pensaba sin importarle quién tuviese delante, una actitud que marcó su periplo vital por los campos de la muerte del siglo xx. Este prisionero del Gulag era mi padre, el doctor Julián Fuster Ribó, Jefe Médico del XVIII Cuerpo del Ejército de la República durante la Guerra Civil española.
Cuando leí por primera vez el estremecedor relato de Soljenitsi sobre los crímenes cometidos durante décadas por la maquinaria de represión del régimen soviético en la URSS era demasiado joven para asimilar el horror de cada una de las historias que recoge en las páginas de su libro y comprender en toda su dimensión los sufrimientos que mi padre, como millones de ciudadanos rusos, tuvo que padecer en uno de los campos de trabajos forzados del Gulag que se extendieron desde Moscú, la capital, a Vladivostok en las costas del Océano Pacífico; de las estepas del Kazajastán en la frontera con Mongolia a la tundra de Norilsk, en el Círculo Polar Ártico, uno de los mayores sistemas de campos de concentración que jamás han existido. El libro de Soljenitsi no es una obra de ciencia ficción, aunque por su descarnada dosis de realidad bien podría parecer que pertenece al género de la literatura de terror. Su testimonio sobre la vida en los campos de concentración de la URSS es uno de los mayores monumentos al recuerdo de los millones de víctimas que jamás regresaron y de aquellos otros, los más afortunados, que contra todo pronóstico lograron sobrevivir a las "trituradoras de carne", que era el nombre que utilizaban los prisioneros para referirse a los campos de trabajos forzados.
Con el tiempo fui cobrando conciencia de que lo más sorprendente no es que mi padre hubiese figurado en las listas negras del régimen estalinista, acusado de ser un enemigo de la revolución, y acabase siendo deportado a los temidos campos de trabajos forzados siberianos, un destino que, por desgracia, se había convertido en algo demasiado habitual en la Rusia comunista, sino que hubiese sido capaz de sobrevivir a siete años de confinamiento y que hubiese logrado, tras veinte años de exilio, regresar a su país escapando del horror que supuso su larga estancia en el “paraíso comunista”.
En los últimos años de su vida, mi padre no solía hablar de las terribles experiencias que vivió. Daba la sensación de que había guardado en un cajón bien cerrado, y según sus propias palabras, los «recuerdos amargos y obsesionantes» de lo acontecido entre 1939 y 1959 en la Unión Soviética. Se comprende que no quisiese rememorar los padecimientos que se vio obligado a soportar en «ese descomunal campo de concentración en que se había convertido toda la Rusia soviética». Los que conocieron la faceta más oscura del régimen soviético, liderado con mano de hierro por Stalin y su cohorte de burócratas y acólitos, quedaron marcados de por vida por lo que vieron. A su regreso a España, y con la perspectiva de la recién recobrada libertad, le confesó a Francisco Ramos unas palabras que, en boca de alguien acostumbrado por su profesión a tratar con el dolor y la muerte, resultan cuanto menos inquietantes: «lo extraño no es que hubiésemos muerto, sino que no nos hubiésemos vuelto locos».
Luiza Iordache, recoge el testigo de Soljenitsi y recupera la historia del carismático cirujano español en su libro Cartas desde el Gulag que luchó en dos guerras combatiendo el fascismo y que sobrevivió al internamiento en uno de los “campos del hambre” del Gulag. La historia del doctor Fuster, como tantas otras, había quedado guardada en un cajón, retazos de memorias y un puñado de cartas que nunca fueron publicadas y que conservé tras su muerte sabedor de que eran el testimonio de uno de los episodios más terribles del siglo XX. En una de las cartas que escribió, dirigida a Nikita Jrushov, mi padre denunció los abusos y atrocidades que se cometieron en nombre de la revolución comunista liderara por Stalin, quien decidido a construir la patria del socialismo se empeñó en destruir el alma de los pueblos y los individuos que la formaban. Reivindica su condición de testigo del destino de otros españoles que, como él, y con independencia de su orientación política, fueron declarados enemigos del pueblo soviético y de la revolución comunista.
El doctor Fuster veneraba su profesión y sabía, como solo saben los buenos médicos, dónde radica el valor de la vida y cuál es el umbral a partir del cual las personas pierden su dignidad, lo que le llevó a tener que alinearse en muchas ocasiones, especialmente en los momentos más difíciles, del lado de los más desfavorecidos. Forjó su destino y el destino le forjó a él, apuntalando su coraje en su vocación, que prevaleció sobre el terror y la muerte que lo rodearon durante la mayor parte de su vida. Aliviar el dolor de sus semejantes, en la medida de lo posible, y denunciar todo lo que consideraba injusto, incluso en las circunstancias más adversas, siempre fueron más importantes que cualquier tipo de circunstancia personal, privilegio profesional o ideario político. Como él mismo decía, y sirvan estas palabras para comprender mejor cómo su personalidad marcó su periplo vital, «nunca he sabido mentir, siempre digo la verdad, aunque a veces esto no me trae nada bueno, pero no sé hacerlo de otra manera».
Una historia que puso a prueba su entereza desde muy joven, cuando se vio obligado a tomar los caminos del exilio tras la victoria franquista teniendo que dejar atrás su país, su familia y a un hermano muerto en la contienda. Desde entonces, pocos momentos de paz disfrutaría a lo largo de su vida. Pronto se vería arrastrado por la vorágine de los sucesos acaecidos en la URSS a donde había recalado tras huir de los campos de refugiados franceses poco antes de que cayesen en manos de los ejércitos del Tercer Reich. Su error, si es que podemos llamarlo así, consistió en solicitar un permiso de salida del país para regresar junto a su familia que se encontraba exiliada en México. Permiso que le fue denegado, lo que le costó no pocos enfrentamientos con los máximos responsables del PCE en la Unión Soviética.

El doctor Julián Fuster Ribó, jefe médico del XIII regimiento republicano (archivo personal).

Como rezaban las directrices del partido dictadas por el Komintern los camaradas españoles que habían solicitado salir de Rusia tenían que renunciar a sus pretensiones porque abandonar el “paraíso comunista” suponía «hacer el juego al imperialismo americano». Aunque el doctor Fuster sabía que era arriesgado mantener su petición, no desistió en su empeño, haciendo valer sus derechos internacionales como español y médico acogido por el país comunista. Este hecho, junto a su actitud cada vez más crítica con el doble rasero de la política del Partido Comunista en la URSS y su presunta relación con el episodio de la fuga fallida en baúles de sus amigos Tuñón y Cepeda, sellaron su futuro. Los guardianes del ideario comunista español con escala en París y camaradas del mismísimo Stalin ya habían decidido su destino poniendo su nombre en las listas de los que con su posición abiertamente contestataria hacían peligrar los logros de la revolución. Como mi padre escribió en respuesta a un artículo publicado en la Vanguardia sobre la situación de los españoles expatriados en la URSS, «la verdad es que el terror estalinista afectó a los emigrantes españoles que quisieron hacer valer sus derechos de emigrantes o de personas. Todos los terrorismos afectan solo a los que no se someten a sus arbitrariedades» [3].
Todas estas circunstancias provocaron que acabase siendo señalado como un sujeto peligroso, un agitador que tenía la osadía de criticar en voz alta las directrices políticas del Comité del Partido Comunista. En la URSS por mucho menos se acababa en un campo de concentración. Como era de esperar, al poco tiempo, fue detenido y recluido en los calabozos de Lubianka donde durante ocho interminables meses soportó los interrogatorios y la tortura que suponía la constante privación del sueño y un régimen alimentario que apenas daba para mantenerse con vida. Finalmente, y al borde de la inanición, se vio obligado a firmar los papeles que le condenaban al internamiento en un campo de concentración.
El historial del curtido cirujano español que había figurado en los cuadros de honor del Ejército Rojo por los servicios prestados durante la «Gran Guerra Patria» contra los ejércitos de Hitler no fue suficiente para impedir que fuese condenado a 25 años de trabajos forzados. Nunca hubiese imaginado que lo peor estaba aún por llegar y, menos aún, que serían compatriotas suyos, como Dolores Ibárruri y Vicente Uribe entre otros dirigentes del PCE en la Unión Soviética junto a los que había luchado durante la Guerra Civil para defender el gobierno de la República, los que contribuyeron a que, como él mismo decía, «acabase atrapado en la ratonera en que se había convertido la URSS», y fuese enviado a uno de los campos de trabajo del Kazajastán soviético a miles de kilómetros de Moscú. En el Gulag, el doctor Fuster se convirtió en una leyenda después del episodio de la insurrección de los 40 días del Kenguir que se saldó con más de 120 muertos y cientos de heridos cuando los tanques y los soldados entraron a sangre y fuego en el campo porque los presos habían derribado las vallas de los recintos que separaban a los hombres de las mujeres. Esto sucedió cuando Stalin llevaba ya un año muerto y los dirigentes soviéticos aún no sabían qué es lo que tenían que hacer con los millones de personas que seguían recluidos en los cientos de campos de concentración de la Unión Soviética que seguían activos.
«El premio Nobel Alexandr Solzhenitsin hace referencia a españoles en cuatro ocasiones en su monumental Archipiélago Gulag. En el capítulo consagrado a la rebelión que hubo en 1954 en el campo de concentración de Kenguir, Solzhenitsin escribe: “Aquella noche en el hospital del 2º campo se encendió el quirófano: operaba el cirujano Fuster, un preso español”. Cuando Iturrarán leyó esta frase, quiso saber más de su compatriota y se dirigió a Memorial en busca de ayuda. Nikolái Formózov, miembro de esa asociación de derechos humanos, escribió entonces un pequeño artículo sobre la vida en los campos de internamiento en Kazajstán y sobre Fuster. “Sus compañeros de prisión creen que era el cirujano jefe del Ejército republicano, pero lo más probable es que eso sea una leyenda; lo que está claro es que llegó a Rusia siendo ya un excelente neurocirujano”, escribe Formózov, que cuenta que Fuster fue detenido por los órganos de seguridad soviéticos después de finalizada la II Guerra Mundial “por desear regresar a su patria, España”. Fuster fue destinado a Kenguir, centro del Steplag (Campos de las Estepas). En las prisiones vecinas trabajaban las minas de cobre, y en Kenguir -donde hoy se alza la ciudad de Dzhezkazgán- construían una fábrica. Debido a un problema con las autoridades del campo, Fuster fue enviado a trabajar a una cantera, pero el jefe del campo, cuando enfermó, lo mandó traer para que lo operara. Los compañeros de Fuster lo llamaban Iulián Stepánovich, a la rusa, con patronímico (el nombre de su padre era Esteban) y “lo adoraban”, no sólo por su bondad como médico, sino también por su sentido del humor. La rebelión en Kenguir comenzó en mayo y duró 40 días. En la madrugada del 26 de junio los tanques entraron en el campo seguidos de soldados con Kaláshnikov. Los pilotos de los tanques, borrachos, aplastaban a hombres y mujeres. Solzhenitsin considera que 700 personas perecieron, es decir, uno de cada 10. Los heridos eran muchos más. Julián Fuster operó dos días seguidos; al tercer día, cayó desmayado. Una vez puesto en libertad, aproximadamente en 1956, vivió un tiempo en Kazajstán y luego en los alrededores de Moscú, hasta que pudo regresar a España.» [4]
Anne Appelbaum, en su libro "Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos", recoge el testimonio de Liubov Bershadskaya, la enfermera que estuvo asistiendo al doctor Fuster durante las largas horas en el quirófano que siguieron a la heroica incursión, que apenas había durado un cuarto de hora, de las tropas soviéticas en un campo repleto de hombres y mujeres adormilados, hambrientos y desarmados.
«Se oían unos gritos espeluznantes. La gente rogaba que la salvasen. Julián daba órdenes: Éste a la mesa, éste prepararlo para la operación, Unas cuantas mujeres traían a los heridos que estaban en el suelo, cerca de la entrada del hospital. Nada más se operaron las personas que tenían esperanza de salvarse. Según dicen, Julián estuvo operando durante dos días. Las cuatro enfermeras solo tenían tiempo de darle los instrumentos, secarle el sudor de la frente y acercarle una taza de té. Nadie sabe a cuántas personas salvó, ni cuántas no pudo salvar. Fuster me dijo que me pusiera el gorro y la mascarilla de cirujano (que guardo hasta el día de hoy) y me pidió que estuviera cerca de la mesa de operaciones y anotara el nombre de los que todavía podían pronunciarlo. Por desgracia, casi nadie podía. La mayoría de los heridos murieron en la mesa, y mirándonos con ojos de despedida, decían: Escriba a mi madre... a mi esposo, a mis hijos... Y así sucesivamente. Cuando el aire se volvió demasiado caliente y viciado, me quité el gorro y me miré en el espejo. Tenía la cabeza completamente blanca. Primero pensé que debía haber habido polvo dentro del campo por alguna razón. No me di cuenta de que mientras estaban en medio de esa increíble carnicería, observando lo que ocurría, todo mi cabello se había encanecido en quince minutos.» [5]
El doctor Julián Fuster Ribó (en el centro de la imagen). Kenguir (Kazatihstan) URSS. 1956. Museu d’Història de la Medicina de Catalunya.

              Entre los papeles que guardaba de mi padre, un manuscrito titulado «Testimonio del Paraíso Yo ya estoy de vuelta» que se refiere a este suceso tiene una especial relevancia. La importancia de dicho testimonio, como apunta Luiza Iordache, radica en que se trata de una de las únicas experiencias relatada por un español que fue protagonista de uno de los episodios más cruentos de la revuelta del Kenguir.
«Hacia las cuatro de la madrugada me despertó el tronar de un cañoneo. Salté de la cama y medio adormilado no podía comprender lo que oían mis oídos. Un tiroteo no me hubiera sobresaltado, pues conocía bien las metralletas de los soldados. Pero ¿de dónde podía proceder el cañoneo? Sin avanzar a reponerme de la sorpresa, unos presos irrumpieron en el hospital llevando a uno de sus compañeros herido. Mi asombro no tuvo límites, el muchacho presentaba una herida de metralla que le había destrozado del todo el muslo izquierdo. No podía volver en sí ante herida insólita en tiempos de paz. Podía imaginar y prever heridas de bala en la situación en la que vivía el campo, pero heridas de metralla capaces de destrozar un muslo no las había vuelto a ver desde la terminación de la guerra donde no asombran por previstas. Pero en un campo de presos indefensos desarmados, aquella herida y el cañoneo antes oído me dejaron en un primer momento atónito. Unos segundos bastaron para que el herido expirara sin que yo hubiera todavía recobrado el espíritu suficiente para empezar a actuar como cirujano. Siguieron a este herido decenas de otros que en pocos minutos llenaron todas las salas y pasillos del hospital. De nuevo tuve que revivir las escenas de hace 40 días. Solo como cirujano para atender a una avalancha de heridos de metralla graves. Eran las cuatro y media cuando entré en el quirófano: allí estuve sin poder abandonarlo ni un momento. Allí de pie al lado de la mesa de operaciones estuve hasta el siguiente día por la mañana. Mis ayudantes vivían escenas de horror en los pasillos del hospital. Amigos y pacientes de los heridos luchaban para que sus allegados pasaran en primer lugar al quirófano. Protagonista de dos guerras, un sudor frío me cubría el cuerpo. Que en la guerra ese espectáculo esperado resultaba allí en un campo de presos, espectáculo pavoroso. Pronto mis ayudantes me comunicaron lo sucedido. A las cuatro de la mañana mientras todos dormían en el campo, los tanques habían irrumpido en el campo con los cañones enfilados y vomitando metralla. Tras ellos se habían lanzado las tropas que esperaban al buen tuntún sus metralletas. Todo duró exactamente 10 minutos. Las “aguerridas” tropas y los “gloriosos” tanquistas conquistaron el terreno en unos minutos. Les siguieron los abusos de los cuerpos de investigación del campo que durante los 40 días habían trabajado en la lista de detenciones. Miles de presos fueron seleccionados para ser trasladados ese mismo día en trenes ya dispuestos a otros campos de Siberia. Varios cientos fueron trasladados a cárceles especiales donde debían pasar un año incomunicados con el mundo. 120 muertos dejaron los tanques bajo sus orugas. Emma Schwartz, fuerte muchacha de veinte años, moría antes nuestros ojos con las dos piernas cercenadas por las orugas de los tanques. Más de 400 heridos hubieron de ser asistidos en aquel día.» [6]
El doctor Julián Fuster Ribó  Kenguir (Kazatihstan) URSS. 1956. Museu d’Història de la Medicina de Catalunya.

            Quiero pensar que la lucha de mi padre no fue en vano y que contribuyó, con arrojo y honestidad, a hacer de éste un mundo mejor. Siempre me pregunto cómo fue capaz de soportar, sin dejarse llevar por la desesperación, las miserias humanas que tuvo que presenciar a lo largo de su vida, sin sucumbir al desaliento, incluso en las situaciones más comprometidas cuando su vida estuvo en juego, y pendió de un hilo en más de una ocasión, como durante su traslado al campo del Kenguir en la frontera con Mongolia, hacinado en un vagón de ganado junto a decenas de presos muchos de los cuales murieron durante el trayecto. Como me explicó de aquel espantoso viaje, sin poder evitar un estremecimiento que aún recuerdo, tuvo muchísima suerte, porque si aquel traslado de ganado humano hubiese durado sólo un par de días más nunca habría llegado vivo al campo y allí se habría terminado su historia.
Las experiencias del doctor Fuster en la URSS son una página más de uno de los episodios más turbadores de nuestra historia reciente: el de la imposición por todos los medios inimaginables de la ideología del poder sobre la libertad de pensamiento y acción de los individuos, algo que, en el caso del régimen de Stalin, se tradujo en el despiadado experimento social al que fue sometido el pueblo ruso y todos aquéllos que se vieron atrapados en la vorágine de terror desatada por el estado soviético. Tras la muerte del “padrecito”, y la llegada de Nikita Jrushchov al poder, los dirigentes soviéticos comenzaron a ser conscientes de las barbaridades que se habían cometido en nombre de la revolución soviética y el infierno en el que se había transformado la madre Rusia, «una fachada que oculta amargas realidades y grandes fraudes hechos a costa de los deseos más generosos de las gentes» [7]. Como el doctor Fuster recoge en sus memorias, el régimen soviético más pronto que tarde tenía que caer porque, «no había en toda la Unión Soviética una sola familia que no tuviese a algún miembro o conocido que hubiese sido deportado al Gulag» [8].
        Que estas palabras sirvan de advertencia, y el libro sobre la vida del doctor Fuster sea el homenaje a su memoria y a la de todas las voces que fueron acalladas y olvidadas durante tanto tiempo, pero también para mostrarnos que, incluso a manos del enemigo más cruel y despiadado, la esperanza de justicia y libertad prevaleció sobre el horror, contribuyendo a que con el tiempo el pueblo ruso pudiese sacudirse el yugo de un régimen totalitario que condenó y envío a los campos de trabajo de las estepas siberianas a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos inocentes. La mayoría de ellos nunca regresaron. Mi padre sí. Es por eso que ahora estoy escribiendo estas palabras, sabedor de que conservo viva su memoria y la de tantos otros que no tuvieron tanta suerte como él. Descansa, como canta la canción, dando verde a los pinos en lo alto de una pequeña colina de un pueblecito con vistas al Mediterráneo. Duerme el sueño de los hombres justos en la tierra que vio nacer a sus padres y a la que, después de toda una vida de dolor, muerte y traición, consiguió regresar para disfrutar del reposo que merecen quienes han tenido que vivir demasiado tiempo soportando tanta infamia y opresión.


Rafael Fuster Ruiz






[1] Julián Fuster Ribó, Testimonio del «Paraíso Comunista. Yo ya estoy de vuelta».

[2] «Alexander Solzhenitsyn afirmó que “El totalitarismo es el peor cáncer que puede padecer un individuo”. El autor del más estremecedor testimonio sobre el Gulag nació en 1918 en el pueblo de Kislovodsk, hijo de un terrateniente cosaco y una maestra. De joven fue un apasionado leninista y llegó a formar en el Ejército Rojo, hasta que una carta suya con opiniones contrarias a Stalin fue interceptada en 1945 (fue denunciado por su propia mujer, Natalia Rehestovskaya) y acabó en la prisión de Lubyanka, de donde fue trasladado a un campo de prisioneros en Kazajastán. Allí fue torturado de forma continua y enfermó de un cáncer que le dejó estéril. No salió de la prisión hasta 1956, cuando volvió a Moscú. Había pasado por prisiones, gulags y centros de investigación científica para prisioneros. Una vez rehabilitado, un agente del KGB intentó asesinarle clavándole una aguja envenenada durante una visita a la catedral de Novocherkassk. Ya su primera novela, Un día en la vida de Iván Denisovich (1962), que fue publicada en la revista literaria más importante de su país, Novy Mir (Nuevo mundo), y que le procuró una gran celebridad, tomaba como punto de partida sus experiencias en la cárcel. En su obra maestra, Archipiélago Gulag, deja testimonio de su paso por los campos de exterminio estalinistas, del funcionamiento del régimen comunista y de la demencia paranoica de Stalin. Solzhenitsyn detalla con crudeza y abundancia de documentos y datos los métodos estalinistas de detención y tortura y los extremos a los que puede llegar el ser humano con tal de sobrevivir en el infierno del gulag. En el prólogo al segundo tomo de Archipiélago Gulag entona una estremecedora oración: “Sé bendecida, prisión, por haber estado en mi vida”. ¿Bendecida? La razón se desvela: “Desde las tumbas me viene la respuesta: para ti es fácil hablar; tú has permanecido en vida”». Rafael Núñez Florencio, 10 junio, 2004, https://elcultural.com/Gulag-Historia-de-los-campos-de-concentracion-sovieticos.

[3] Julián Fuster Ribó, "Carta al director de LA VANGUARDIA", Palafrugell, 1977, APJFR.

[4] Rodrigo Fernández, Moscú, 16 de mayo de 2005.

[5] Anne Appelbaum, "Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos", Ed. Debate. 

[6] Julián Fuster Ribó, «Testimonio del Paraíso Comunista. Yo ya estoy de vuelta».

[7] Julián Fuster Ribó, «Testimonio del Paraíso Comunista. Yo ya estoy de vuelta».

[8] Julián Fuster Ribó, «Testimonio del Paraíso Comunista. Yo ya estoy de vuelta».

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